Muerte civil y Jordi Pujol

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La Muerte Civil es una pena de las llamadas ignominiosas, que los estados modernos fueron eliminando progresivamente, por salvaje, de los códigos penales. La muerte civil era aplicada como una pena accesoria a personas condenadas a prisión perpetua o pena de muerte.

También fue aplicada en positivo a las personas que ingresaban en el clero, consagrándose a la vida religiosa o a ciertas estructuras militares (legión), y así darse una segunda oportunidad renaciendo como otra persona.

La muerte civil traía como consecuencia la pérdida de los derechos del estado civil, de los derechos de potestad, de los patrimoniales, de los políticos y públicos subjetivos; es decir practicamente el status de la persona. Y se aplicó, nó sólo a una persona en concreto, sino también a familias enteras, que qudaban malditas, sin discernir inocentes de culpables. De ello su carácter ignominioso.

Y verán, de todo el Código Penal, y de centenares de kilómetros de estanterías de leyes concordantes, que desmenuzan trocito a trocito la actividad humana para darle la pena que corresponde a cada acto, gesto o movimiento, todos nosotros, el pueblo, el vulgo, la chusma, la plebe, la masa... en el fondo, sólo concebimos tres grandes delitos imperdonables.

a) El que hiere, mata o agrede a su familia, b) el que abusa de los niños y c) el que se aprovecha de su cargo y de la confianza dada para enriquecerse a costa de los otros.

Una vez la chusma identifica y comprueba el delito, dicta, sin juez ni abogado, inapelable sentencia y elige la pena más dolorosa para el reo. Y esta se cumple de por vida del infeliz. Esa característica social que se ha ido perdiendo, tiene aún mucha vigencia en una sociedad muy anclada en el renacimiento de los siglos XIII y XIV. La contrareforma no pasó por Catalunya al igual que la Revolución Industrial no pasó por Castilla.

Y la plebe catalana ha sentenciado a la família Pujol a la muerte civil. Poco a poco será borrado él, los suyos, y sus cómplices, de la faz de la historia y de su espacio en la tierra. Y se hará de la manera más dolorosa a la par que discreta. Tiene su güasa, porque eso no lo consiguieron ni De la Rosa, ni Millet, ni Montull, però si Albert Boadella.

Las bravatas de ciertos opinadores y politicos que han querido sacar tajada del tema en su más que interesada lucha contra el independentismo catalán, cuentan que no entienden porqué, nadie, en Catalunya, “habla de la família Pujol”.

Sencillamente porque ya están sentenciados y condenados a la peor de las penas posibles para un hombre y una familia que lo han sido todo.

A ésos que les gustaría que se le quemase en plaza pública, como en su cultura se quemaba a las brujas y a los herejes, bajo el manto del Rey y de la Sagrada Inquisición, se les hace imposible concebir la reacción del vulgo catalán; pero cada sociedad es fruto de su historia. Y aquí se diferencia, “muy mucho”, al hereje del ladrón.

El proceso por hereje que el Estado Español le está montando a Jordi Pujol, nada tiene que ver con la herida social sufrida por el pueblo, el vulgo, la chusma, la plebe, la masa. Son dos mundos diferentes.... y algunos acabarán sorprendiéndose de que se defienda al hereje, mientras al mismo tiempo se ejecuta implacable la muerte civil contra quien ha abusado de la confianza de la sociedad.

Y es que también en el fondo, reconozcámoslo, nadie ha confiado nunca en unos policías y jueces que dictan sentencia en nombre de un Rey, de una familia Real, y de unos cortesanos y políticos, que, todos saben positivamente, podrían hacer perfecta compañía a Jordi Pujol.

Como ladrón, es un simple pringado confeso que fue nombrado, recordémoslo, Español del Año por el Inquisidor Mayor, Sr. Ansón.

Josep Jover